14 jul. 2008

Islas, territorios del flujo de la realidad

El arte iberoamericano debe mucho a los territorios insulares. Fueron estos donde se dieron los cruces de rutas, mestizajes culturales y políticos que dieron a Iberoamérica sus sabores. De las islas Canarias a las Antillas, de las playas de Cádiz a las del Golfo de México hay una corriente histórica profunda y tránsitos marítimos que traspasan las fronteras y llega de formas inesperadas, quizás fantasmagóricas, quizás como ausencias o presencias veladas que funden orígenes y razas.

Aunque la mexicana es una cultura que ha vivido de espaldas al mar, ha existido la sensatez entre nosotros de ver en lo insular, aquello que está allende en el horizonte marítimo, una fuente de mezcla y renovación. Falta mucho por describir sobre los aportes de las islas a nuestra soberana civilización del altiplano y, en el mismo tenor, sobre las aportaciones de otras islas e isleños a los viajes de ida y vuelta entre Europa y el Nuevo Mundo. No debemos dejar escapar de la memoria que fueron las islas del mar Caribe por donde cruzó el surrealismo, la negritud, y la colonización europea al continente americano.

La diversidad étnica y geográfica de las islas es el primer territorio del mestizaje. En éste radica la sabiduría y el gusto por lo diverso que aportan sus artistas. Opuestos a la ceremonia, el silencio, la introversión y la religión violentamente impuesta, los artistas insulares son el puente de comunicación entre el Viejo y el Nuevo mundo. Entre cubanos, puertorriqueños, dominicanos, haitianos, canarios y una prolija serie de patronímicos más, encontramos los rasgos fundadores de lo que serían las culturas continentales de América.

Entre las cosas que compartimos hoy con esas islas situadas a todo lo ancho del Atlántico se encuentra la migración, el movimiento forzado, urgente y masivo de miles de personas que buscan mejor vida y oportunidades en los países de los que antes fueron colonias. Compartimos también el idioma, la lengua que se hace a diario, que se modifica para acomodar esos conceptos no completamente entendidos de la globalidad y la globalización. Adaptamos junto con sus pobladores los símbolos de una realidad cambiante y trastornada por la violencia y el comercio y la muerte acarreada por pandemias y enfermedades, que se originaron a miles de kilómetros de donde hoy encarnan.

Tres artistas canarios recorren las mesetas de México, llevando consigo símbolos, emblemas y vestigios de ese baluarte histórico que liga la montaña con la costa. Llevan dentro de sí la sangre de varias culturas que se han mezclado al paso por sus islas; cargan consigo las palabras enredadas y verdaderas, amarradas con sílabas que suenan como un arrullo de ches y equis, salpicadas de triptongos uau, ueu; palabras que con sus sonidos recuerdan acentos y formas del habla venidas del otro lado del mar. Estos tres artistas Pedro Déniz, José L. Luzardo y Domingo Díaz forman un colectivo que amasa las individualidades y conjunta las voluntades, expresadas en la exposición Tránsitos, Territorios de la Realidad.

Y como los reyes magos que viajaron guiados por la estrella, estos tres caballeros llegaron a estas tierras cargados de regalos y dones, reclamos y clones, para crear una extraña y fascinante muestra hecha con fragmentos de imágenes y palabras; una síntesis imaginativa de lo que es el proceso de adaptación y cuestionamiento de la realidad. ¿Cómo no compartir con ellos su desconcierto y las dificultades que significa traducir el mundo a palabras e imágenes, símbolos y signos?

En las tres salas de la Galería Metropolitana se ha producido un encuentro de dos sensibilidades insulares: la del Atlántico canario y la del islote de Tenochtitlán, flotando sobre el lago de Texcoco, hoy llamado DF ¿Cuál será el resultado de este encuentro?

La exposición presenta muchas cosas en común entre los dos territorios: las oleadas sucesivas de migrantes, los caminos y mapas interculturales que llevan de un lugar a otro. La obra en general plantea un estado de cosas, comenzando por giros del lenguaje que reinterpreta la realidad, dando lugar a objetos y vivencias transformadas. El conjunto arriesga una utopía, ¿por qué no?, si de lo que se trata es de analizar un hecho desde todas sus aristas y proponer otro mundo posible. Aun cuando llegar a ese mundo posible significa pasar por el dolor del exilio.

La obra exuda una inmensa vitalidad producto de inteligencias despiertas y de su acometividad y de la puntualidad de sus soluciones artísticas. Cuatro fotografías de gran formato (Welcome, 2007) nos dan la bienvenida, es una alfombra roja que como sendero nos lleva o trae de la playa. El rojo de la alfombra se traslada a la obra de Pedro Déniz Hilvanes- suturas en la que la palabra territorio se convierte en terror, terrorismo, en una continuidad de ecos poéticos que revela ingeniosos juegos de lenguaje y traducciones reveladoras. Nada pasa por el pensamiento sin que sea traducido a palabras. En estas se hayan las claves interpretativas del mundo, las palabras que usa Déniz se han convertido en referencias de la aldea global que se traducen en imágenes.

Comparar la migración de los pueblos de África a las Islas Canarias con la migración de mexicanos a Estados Unidos no sería del todo correcto. La migración africana viene de países donde ni siquiera se experimentó un proceso económico modernizador y no existe una modernidad cultural. El mexicano que emigra heredó una cultura moderna y de ahí su relativa asimilación a la sociedad estadounidense, en donde encuentra ecos de su historia. Mientras que el inmigrante africano que llega a Europa se enfrenta a una sociedad hipermoderna, donde no hay un lugar para su historia y su cultura.

La obra de José L. Luzardo es una representación simbólica de la migración africana y de las nuevas rutas coloniales que va creando la epidemia del sida. Comparte referencias con el artista canario Juan Hidalgo, quien lo antecedería como artista expositor en México. La obra de ambos muestra interés en la sexualidad como campos de interpretación. Los objetos fálicos de Luzardo son productos de un diseño contemporáneo que dejan la expresión puramente erótica para convertirse en portadores de distinciones étnicas. En sus fotografías hay falos cristalinos de colores vivos, negros, plateados, con pelotas o sin ellas, sobre el mapa de la península ibérica, o bien encerrados en una caja de acrílico. Con estos ha construido una blanca torre circular (Don-de Babel), quizá la instalación más emblemática de la exposición, donde se esconden palabras que sólo pueden verse en la oscuridad de una habitación bajo la luz negra. La referencia del falo nos lleva a la cultura patriarcal, a la fuerza pero también a la sexualidad forzada, metáfora de la colonización. En contraste con la obra de Juan Hidalgo que está planteada como una estrategia de identidad de preferencia sexual, la obra de Luzardo nos acerca a los movimientos migratorios, a la pandemia de sida que castiga brutalmente a los pueblos de África y se extiende con su canción de muerte por todo el subcontinente, fomentada por la carencia de medicamentos, tratamiento y políticas educativas. Ahí sí se puede encontrar un parangón con la situación en Latinoamérica, donde también la epidemia y la intolerancia religiosa se combinan para generar más muerte y enfermedad.

Una alfombra roja nos conduce a un tercer espacio de la galería donde se encuentra la instalación de Pedro Déniz La Trinchera del Pensamiento. Aquí hay una imponente instalación circular de escala real, que alude a la relación asimétrica entre el recorrido del inmigrante y su destino final: el bunker hecho de sacos de arena posee dos ventanas que hacen las veces de puestos de observación y control. Aquí la violencia de la forma en que se mira al migrante es lo más evidente. Los rastros de su peregrinar son solo unos zapatos deformes que han quedado olvidados sobre el camino. Su única esperanza es poder remontar la trinchera para encontrar un remanso de paz. Quizá parecería muy romántica la idea de convertir esa trinchera del destino en un paraíso, pero no olvidemos que la idea de paraíso fue ampliamente usada y difundida como estrategia y discurso político de la conquista de América. Los nuevos territorios fueron concebidos por la imaginación europea como lugares donde se podría reiniciar la historia, donde se replantearía la construcción de la utopía en el mundo. Para el inmigrante el lugar de exilio puede tomar esa misma dimensión, la de un jardín paradisíaco vigilado por la ley al que le está vedado el acceso, tal como lo propone Jean Luc Godard en la película Nuestra Música (2004): un lugar sublime rodeado de marines estadounidenses que aseguran su condición de isla de la realidad, vetada para muchos, accesible para unos cuantos.

Si, como señalan los curadores de la muestra, Orlando Britto y César Martínez, el equipo de artistas propone el tránsito entre realidad y pensamiento utópico, puede parecer un poco forzada la polarización que propone la obra entre un mundo globalizado manejado por las corporaciones y una isla refugio para exiliados económicos. No obstante, la exposición apuesta por una visión como territorio de posibilidades más que una lección de geopolítica y su forma de evidenciar la complejidad del fenómeno migratorio es a través la obra de Domingo Díaz. Sus relieves emanan literalmente de las paredes de la galería para sugerir la invisibilidad de los hombres y mujeres, tratados en las noticias de primera plana como casos de desesperación y problema migratorio (desde Cristóbal Colón hasta nuestros días, la migración es conceptualizada como problema y no como alternativa). ¿Dónde queda el lado humano de estas personas? Probablemente sólo en la memoria de los que han visto de cerca su drama y de los que lo han vivido. El cierre de la exposición se convierte en un acto por humanizar el dolor de la migración, dando forma a la ignominia a través de dos relieves: Sangrante y Herida. La propuesta de Domingo Díaz va a la médula. Extrae de la pared sangre que brota como testigo, gotas gruesas de sangre que, como en la obra de la brasileña Adriana Varejão, emanan de las grietas. Su presencia testifica que la realidad no es sólo lo que percibimos con los sentidos, es lo que está por debajo de la piel, por encima de nuestros pensamientos, dentro de la mirada de desasosiego del inmigrante. Al igual que los indios de México durante la resistencia contra la colonia, que escondían a su ídolos detrás de paredes las cuales se convertían en un vacío lugar de culto, en la obra de Díaz la memoria del tránsito está oculta en el lugar y sale a la luz cuando la convoca el recuerdo.


Tránsitos, territorios de la realidad es una curaduría que funciona desde tres estrategias: la de la significación del lenguaje, la de la memoria de la historia y la de la experiencia del visitante, que navega por la muestra en un cayuco, orientado por los signos de los tiempos, el objetivo de su transito es la de aprender la experiencia y darle su significado verdadero. La exposición es un faro que con su luz rompe la noche y apunta el derrotero a seguir. El arte aquí se vuelve territorio de certidumbres. La dicotomía arte-realidad que establecen las creaciones individuales toma un significado: activar la conciencia y proponer otras posibilidades de construir la realidad. Sólo basta creer.

José Manuel Springer
Ciudad de México, diciembre, 2007.
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Tránsitos, los territorios de la realidad.
Arte contemporáneo de Gran Canaria Domingo Díaz, José L. Luzardo, Pedro Déniz
Galería Metropolitana (Universidad Autónoma Metropolitana), 15 noviembre 2007, ciudad de México, D.F.

Tránsitos, los territorios de la realidad es una exposición de arte contemporáneo cuyas piezas forman un territorio que efectivamente lleva al espectador a transitar de una realidad cotidiana, digamos la que trae de su oficina o de su hogar, a otra donde las metáforas cobran vida y son las guías y el montaje de ese territorio libre creado por el arte, invitándolo literalmente a entrar en ellas y perderse (¿o encontrarse?) en una experiencia insólita de la otredad, quizá radical, orientada a tomar una posición con sentido social y armadas con sólidas técnicas que recogen argumentos pop (en las formas de representar a ciertos objetos), soluciones minimalistas (incluyendo el acertado montaje de la exposición) y ambientes conceptuales (que propician la interacción sujeto-objeto), más las propias búsquedas, talentos, experiencias, carácter y formación de Domingo Díaz, José L. Luzardo y Pedro Déniz, artistas de Las Palmas de Gran Canaria, una isla de 40 km de diámetro de ese inexplicable archipiélago que puede ser visto como el último reducto europeo en la frontera con África, o el último aleph africano en el vasto atlántico europeo.

En México, de no ser por los especialistas en el tema (artistas, curadores, aficionados ultra, despistados en busca de tesis de licenciatura o maestría, estudiantes y profesores de arte), muy poco se sabe del arte europeo contemporáneo. Las crónicas de las grandes ferias o bienales parecen noticias de otro mundo, y lo que finalmente suele llegar está infectado de arte electrónico, performance e instalaciones, que parece ser la moda en los días que corren. Precisamente por estas razones el trabajo conjunto de Díaz, Luzardo y Déniz es significativo e importante. Importante en la medida que nos ofrece una ventana directa por la que apreciamos in situ las cuestiones estéticas y sociales y las formas de representarlas de tres artistas españoles que viven en la “ultraperiferia” europea, en apariencia un lugar único en el mundo donde no se sabe si uno está dentro o fuera de “lo europeo”, si se es o no africano, o bien, donde uno podría asumirse como “la síntesis de todas las culturas de todos los tiempos”. Se entiende así la referencia al mar en los trabajo de Déniz, la necesidad de agrandar las escalas en los de Díaz, o bien la aparente fetichización del dildo en los de Luzardo. Digamos que en la forma, los tres artistas plantean una exposición coherente con los temas que trabajan, así sean de inspiración completamente personal o con referencias sociales.

Pero es también significativa por las propuestas que plantean en términos del arte contemporáneo en sí mismo, y es aquí donde encuentro las contribuciones más importantes de Tránsitos, los territorios de la realidad. Concebida como un territorio “alternativo” de la realidad, la exposición se nos presenta como un recorrido por los pliegues, a veces acuciantes, a veces nostálgicos, a veces sorpresivos, de “realidad interna” que cada una de las obras desprende a su paso. Es, así, más que una exposición tradicional donde el espectador va tomando nota de lo que linealmente se le muestra frente a sus ojos, una exposición-trayecto donde cada obra se constituye en una metáfora que habla de sí misma y del conjunto general, como un territorio formado por diversas realidades (internas) que, sin embargo, van armando un solo concepto en la medida en que se transita por ella.

Se pasa, pues, de un primer bloque, una suerte de introducción sin pasaporte que ha quedado a cargo de Déniz, a uno intermedio donde el dildo es llevado al pedestal como un objeto fetiche que resume los placeres simulados de la posmodernidad, y donde los efectos de la luz morada proyectada sobre una enorme “torre de babel” armada a base de dildos fluorescentes, digamos con personalidad propia, somete al espectador a un “cambio de rutina”, ajustándole la mirada y refrescándole el cerebro (obra de Luzardo), hasta un tercer momento donde las instalaciones de Díaz y Déniz se encargan de llevarnos al corazón del territorio donde las escalas y los conceptos han sido reinventados para introducirnos de lleno a una nueva realidad (“a new brave reality”): la realidad del arte, por supuesto, que siempre será más humana y más viable que la “realidad-realidad” (o realidad a secas), esa que nos espera en la esquina de la calle, impulsada y celebrada por la mass-media, los políticos de medio pelo y la liga de burócratas y fiscales que pretenden someter a control, cada vez con más eficacia y cinismo, todos nuestros pasos, sueños y quehaceres.

Pero veamos con cuidado la antesala de este territorio liberado. En ella sobresalen cuatro enormes fotografías cuyo tema central es el mar, o bien un mar que da la bienvenida a nadie o al tiempo, pues aparece una alfombra roja que se extiende por la playa hasta desembocar en él, o que sale de sus aguas hasta extenderse por la playa. Obra abierta que va directo a la sensibilidad del espectador, quien dudoso de lo que observa no sabe si está frente a fotografías intervenidas o a una instalación caprichosa de land-art. En cualquier caso, la imagen de un mar que es recibido en alfombra roja no deja de ser intrigante: ¿acaso el mar requiere también de sus 15 minutos de fama?, o ¿es tan solo la forma por la que llegamos a este nuevo territorio, como argonautas que desembarcamos de la nada en el territorio donde encontraremos todo?
Pedro Déniz nos lo aclara pronto con otras dos obras introductorias. En una aparece una cava con diez botellas que juegan con la idea de “la botella lanzada al mar en busca de una respuesta” (o bien, “la botella lanzada al mar que responde a una pregunta aún no hecha”), y cuyas etiquetas nos avisan de sus fulminantes contenidos: “silence can cause a slow and painful death”, “individualism causes cannibalism”, “soñar puede alterar el flujo sanguíneo y provocar impotencia”… En la otra, 30 pequeños bastidores rojos forman un gran crucigrama que dan cuenta de la sólida formación conceptual de la que hace gala el autor, y en la que se expresan, hilvanados en blanco, diversas frases y gráficos que sin decir nada (coherente), lo sugieren todo: “pensamiento”, “regar el pensamiento”, “;-)”, un hombre que sube por una escalera, el mismo hombre que cae por la escalera, etc. Se trata, pues, de una invitación a la conceptualización del espacio-territorio, donde el no lugar queda afuera (fuera de la galería, en plena realidad a la luz del día) y el “sí lugar” armado bajo las reglas de la imaginación, con un vocabulario aparte y un imaginario perceptible sólo a través de las sensaciones, la evocación y la lucha contra el tedio. Al final, el espectador estará obligado a fijar una posición, construyendo su propia narrativa del evento.
Y así llegamos al bloque intermedio a cargo de José L. Luzardo, quien a partir de una supuesta apología del dildo, un artilugio de los tiempos modernos y réplica del contenido de un condón en la efervescencia del clímax, construye un ambiente lúdico-conceptual que habla, no sin ironía, de una identidad posmoderna basada en una mínima parte del cuerpo. Con fotos primero y luego con una sorprendente instalación que, acaso, resume la serie, Luzardo nos impone su propia visión de las cosas, donde el simulacro del placer cobra autonomía propia para hablarnos de los territorios de la identidad. Aquí destaca sin duda la obra “Don-de Babel”, literalmente una babilónica instalación de once niveles formados por innumerables dildos fluorescentes que, conforme a un temporizador programado la luz oscura van desplegando diversos fragmentos de un discurso que, acaso también, hablan de identidades fragmentadas: “transformismo”, “sangre”, “religión”, “estigma”… La trampa no está en la diversidad de los lenguajes, sino en la forma en que éstos son empleados para construir realidades truncadas, inacabadas, segregadas, oficiales, reglamentadas. El laberinto no está en los lenguajes, perece decirnos, sino en el lenguaje por sí mismo, y es curioso que el portador del mismo sean dildos despersonalizados, anónimos, hechos en serie, como si fueran los sustitutos o herederos de los antiguos sujetos modernos, esos que derivaban del pensamiento su propia existencia. Con esta obra Luzardo aventura la idea, bastante inquietante por cierto, de que los fetiches sin rostro son ahora los portadores de la conciencia.

Finalmente en el colofón del territorio, que es la parte catárquica de la muestra, encontramos las instalaciones de Domingo Díaz, acompañadas por una última de Pedro Déniz. Cuando escribo catárquica me referiero, básicamente, al juego que ambos artistas recrean con sus obras. Sin contraponerse, hacen del espacio un lugar de juego donde Alicia bien podría encontrarse en el país de las maravillas. O al otro lado del espejo. Por ejemplo, Díaz despliega una enorme instalación de una herida que hace a la pared sangrar con gotas de tres metros, o un estilizado agave que se entreteje por la pared, contrapunteados por dos pequeñas instalaciones u arte-objetos que refuerzan el mensaje estético: en un caso, otra herida sobre la pared, ésta pequeña de la que emerge titubeante una gota de sangre, de tal forma que si la viéramos junto con la gigantesca en perspectiva concluiríamos que la pared, además de estar viva, se encuentra herida. El territorio cobra, así, vida en la agonía. En el otro caso, el contrapunto final son dos ojos negros que cuelgan sobre la pared y que parecen verlo todo, incluyendo el asombro de los espectadores. Con el blanco de los ojos sospechosamente rojo, Díaz la ha titulado “Desasosiego”, que sirve de fondo y contexto a la instalación última de Déniz.

Ésta es un enigma que bautiza como “la trinchera del pensamiento”, y que no es otra cosa que un pozo externo, o una torre formada con sacos de arena que invita al espectador a subirla por sendas escaleras y asomarse a su centro, donde encontrará un edén tan artificial como kitsch. Digamos una promesa vacía. Una frase que la enmarca sobre una pared parece darnos la clave: “la indiferencia perjudica gravemente su salud y la de los que están a su alrededor”, aunque también ciertos zapatos de latón desperdigados por el suelo, sobre las alfombras rojas que conducen a las escaleras, y que hacen a uno preguntarse: ¿de quiénes son esos zapatos? ¿por qué no llegaron a la meta? ¿acaso son réplicas que pertenecieron a inmigrantes africanos que, salvo sus zapatos, nunca llegaron a las Canarias-Europa, pues las pateras donde iban naufragaron en el mar de la indiferencia (esa que perjudica gravemente la salud)?, ¿o habrá sido en ese mar más real y mortal que Déniz pone en alfombra roja al principio de la exposición? En cualquier caso, la metáfora es elocuente: una utopía (¿Europa?) que cobra vidas para alcanzarla, que exige nuevos idiomas y formas de pensar, que implica la pérdida de la identidad original, no es utopía. Es esta, al parecer, la trinchera desde la cual Déniz toma posición frente a un mundo insolente donde los sentimientos, la conciencia, la imaginación o el pensamiento han sido convertidos en slogans publicitarios de marcas de consumo, o en frases desesperadas de políticos en campaña.

Tránsitos, los territorios de la realidades es, pues, una exposición-itinerario de arte contemporáneo (y yo diría actual) que propone dos planos de análisis: un territorio alternativo donde las metáforas evidencian los conflictos propios de la sociedad posmoderna, en términos de utopías sanguinarias o fetichizadas impuestas por un mundo de grandes asimetrías y coordenadas injustas; y, al mismo tiempo, un territorio lúdicamente estético donde el espectador constata las posibilidades del arte como generador de realidades alternativas que lo sacan del mundo real, invitándolo a desprenderse del ser para compartir, en la sensación de lo percibido, la reconstrucción espiritual del mundo.

Jorge Morales Moreno
Profesor de Historia del Arte en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda” y en la Div. CyAD de la Universidad Autónoma Metropolitana - Azcapotzalco
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4 ene. 2008

A sí nos vio, Gabriel Coto una noche cenando en casa, al calor de buenos amigos.
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3 ene. 2008

Edición de carpeta de serigrafías.

“Tránsitos”, edición de 24 Carpetas numeradas con tres imágenes digitales y serigrafiadas de Domingo Díaz, Pedro Déniz y José L. Luis.

Esta edición ha sido posible a la generosidad de Demián Flores y Manuel García. A los que les estamos profundamente agradecidos por su esplendidez al brindarnos, la oportunidad de trabajar en sus talleres con total libertad.




José L. Luzardo



Pedro Déniz


Domingo Díaz

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Resumen gráfico de nuestro transito.

Llegada a México.
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DF.

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desarrollo del montaje de la exposición.

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inauguración.

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Oaxaca.
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